El Siniestro Dr. Mortis 19
“El Horrendo Museo del Dr. Mortis”
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Editorial Zig Zag
Edición en color
Guión: Juan Marino
Portada: Guillermo Varas
Dibujos: Roberto Tapia Tom
por Carlos Reyes G.
Resumen: Pierre y dos hombres que entregan cadáveres al Dr. Bond en el castillo de Uhr, empiezan a temer y a sospechar algo extraño. Desde un enorme cuadro de la Muerte una voz, a quien Bond llama “El Maestro”, le ordena deshacerse de los temerosos hombres. De noche, mientras duermen en el castillo, la escultura viviente de un monstruo bicéfalo los ataca. Uno de los hombres logra huir y es hallado por un par de camioneros. Tras unas incoherentes declaraciones el hombre muere.
El Prefecto Tardieux y el Sargento Jordan guiados por los camioneros, llegan a las inmediaciones del castillo de Uhr. Jordan decide investigar y es recibido por un criado, sosías de Rodolfo Valentino, pero con una extraña voz metálica.
Bond recibe al Sargento y niega toda vinculación con el cadáver. Bond y “El Maestro” advierten el enorme parecido del policía con el actor Douglas Fairbanks. A ambos les parece que podría serles útil en el museo.
Un extraño robo de una escultura de Hércules y de la corona de la reina alertan a Tardieux y Jordan. Esa noche unos camioneros divisan a un gigante, blanco y desnudo. El hecho es reportado a Tardieux.
Jordan recibe una invitación del Dr. Bond y de camino al castillo se topa con un automóvil averiado. Se trata del Barón de Monserrat y sus hijas Alice y Anette, también invitados a Uhr a visitar el exclusivo museo de cera de Bond. Jordan se entera que Bond ha sido el escultor del Hércules robado.
Esa noche el Barón de Monserrat es asesinado y sus dos hijas atrapadas por las esculturas vivientes de Frankenstein y el Jorobado de Nuestra señora de París. Al destrozar una de las esculturas Jordan observa que de los trozos de mármol, brota sangre. Bond se presenta como siervo de Mortis y confiesa que su Hércules ha robado la corona de la reina.
Cuando Jordan mata a Bond, las esculturas caen inmóviles, pero reviven a órdenes de Mortis, cuya figura se desprende del cuadro. Jordan cae de espaldas con los brazos abiertos sobre un enorme vitral que se rompe dejando la forma de una cruz que detiene a Mortis. El malherido Jordan huye bajo la tormenta.
En el hospital, el prefecto Tardieux no cree las palabras del joven policía, pues en su delirio Jordan dice haber asesinado a Bond y eso es imposible pues en ese momento entra el propio Dr. Bond que ha pedido ser el médico de cabecera del convaleciente policía.
Jordan termina sus días recluido en un sanatorio.

“Esta completa guía de episodios de las historietas de Mortis es un adelanto del estudio de Carlos Reyes G.: “El Testamento de Mortis”. Volumen de pronta publicación y que aborda la historia del mítico personaje de Juan Marino. Adelantamos aquí estos fragmentos con permiso de su autor”.


Primero a través de la música (“Zarpas del Doctor Mortis”)y ahora mediante el arte de la escultura, el Doctor Mortis nos demuestra que es un verdadero artista, a su siniestra y diabólica manera, como ya se contara en la historia del Espejo de los Da Costa. Lejos de elevar el espíritu humano, el maligno Señor de la Muerte articula con sus horrores estéticos la maldición que se cebará en los mortales. Posteriormente veremos cómo la pintura y la literatura serán nuevos instrumentos del arte de la muerte y el espanto, en futuras entregas (cuadros de sangre, retratos devoradores, órganos antropófagos, melodías de muerte, etc.)para deleite de los Cófrades.
Además de los engendros de la ciencia, como los Cefalópodos y los Antihombres, el Siniestro Doctor Mortis revela a los monstruos del arte: las marmóreas esculturas no-muertas, especie de zombies cubiertos por esculturas, pobladores silentes pero letales del laberintíco museo-castillo de Uhr. En este relato se enumeran diversos guiños al cine clásico: la presencia de un siniestro pero galante Valentino, las alusiones al aventurero y trágico Douglas Fairbanks, la aparición de dos verdaderos pilares del horror f{ilmico, el monstruo de Fankenstein y el jorobado de Nuestra Señora, sin contar el propio tema del museo macabro, abordando tanto en películas (“El Museo de Cera”) como en series televisivas (“Galería Nocturna”). Mortis rescata del olvido al monstruoso bicéfalo, en su breve pero poderosa actuación al comienzo de la historia. Por otro lado, vemos a Mortis con la apariencia de la Parca, el Grim Reaper, el Segador de Vidas, dirigiendo a Bond y a sus criaturas desde aquel cuadro-umbral dantesco, hasta su gloriosa irrupción al mundo material, desenraizado de su retrato para castigar al inoportuno policía (providencialmente “salvado” por el Signo… recordemos cómo termina este relato).
Una de aquellas ironías tan caras para el Maestro surge a partir de la presencia de Hércules en esta historia. El semidiós mitológico, tradicionalmente considerado como destructor de monstruos y de villanías, es aquí un reflejo maligno de su simbolismo, una luz que refractada en la mente y las manos de Mortis se convierte en un monstruo y una oscuridad peores que el Minotauro, el Hidra o cualquiera de las Bestias derrotadas por el Hijo de Jove en la era luminosa griega. Mortis lo degrada al puesto de su ladrón y ejecutor, como una visión arrancada de la piedra de la tumba (el mármol) para remedo o escarnio de su pasado heroico.
Las creaciones del museo horrendo de Mortis esgrimen todo el poder ralentizante de la muerte, la negación a la vida en pro de la corrupción y la entropía, en su pesado y mecánico andar de zombie, con la pesadez de la piedra (losa,lápida, prisión)y con la petrificación espiritual que se traducen en sus presencias estigias. Vemos a seres del pasado, a terrores antiguos, a mitos reencarnados en monstruos, revestidos de forma protectora y aislante del mundo sensible, material y vital. Interrupciones del ciclo natural de Vida-Muerte que tanto complacen a Mortis y a sus huestes oscuras, blasfemias contranatura eternas (en la medida que se mantengan alejadas de escaleras y de héroes osados) las criaturas del museo sin embargo exhiben una belleza y una calidad malditas (similares a la del Espejo o a la de la Mascarilla, otro horror de museo), doblemente atractivas y repulsivas (como la mirada y el beso del vampiro), según el testimonio de quienes admiran la obra de Mortis.
Desligándose de lugares comunes (un sinnúmero de “Wax Museum”), don Juan Marino decide transformar a los Hijos de Mortis en esculturas-zombies, síntesis doble de la muerte que es la esencia y sello característico del estimado Doctor (la no-vida, el mármol asociado a la piel bella y fría, las esculturas mortuorias, la belleza mortal, etc.). Como verdaderos golems, autómatas o simulacros mágicos, estos seres glorifican la ruina y seburlan de los fragmentos vanidosos de tiempo arrancado con que los mortales tratan, en vano, de olvidar el destino final. Deberemos esperar varios ciclos y relatos para encontrarnos con un museo de cera en EE.UU., poblados por otros Hijos del Maestro, bajo el atento cuidado de uno de sus siervos, donde un verdadero “cocktail de monstruos” hará pedazos a un criminal evadido dentro de otro museo de Mortis.
La guadaña de Mortis reluce siniestra, mientras sus cristalinos ojos capturan la luz para privar de toda ilusión de esperanza o escapatoria a su próxima víctima, dispuesta como el cordero del sacrificio a regar las plantas inmortales del monstruo con el rojo vino de la vida. La misma guadaña que, sin duda, esculpe con poderes astrales a los Hijos del Museo, arrancando de la piedra la veta misma del miedo y de la condenación, domina aquel castillo devenido en centro del arte mortisiano. Divide con su acerado filo los dos mundos, de los vivos y de los muertos, pasando a viajar dimensionalmente en su furor maligno (de las dos dimensiones del retrato a la virtual tercera dimensión), fantasmal y vaporosamente, provisto de un odio hacia la vida y su Creador (su Enemigo Mortal)que lo posee de furor, repugnancia y venganza frente al Signo, el lugar de replegarse temerosa y débilmente como sus engendros.
El final, grandiosamente desesperanzante (a veces olvidamos lo bien que se siente cuando una película de terror termina mal para los protagonistas), burlonamente efectivo, al dejar al lacerado detective en manos de Bond, zombie o encarnación provisoria del Maestro, para premiar sus dolores, angustia y terror (por no mencionar la culpa de no poder rescatar a sus acompañantes)con la reclusión física y mental de la locura, destino demasiado reiterado para quienes se cruzan en el camino de dioses o demonios vengativos y malvados, que desacredita la verdad encontrada por ellos, condenando al resto de la Humanidad a la ignorancia peligrosa (aunque a veces benigna, al ocultar los verdaderos horrores y productos del foso que la amenazan y consumen).
Otro símbolo, más sutil, es el de la boca. Los monstruos tienen bocas sin voz (privados del habla, y por lo tanto del poder creador), mientras que Mortis posee el don del verbo, a pesar de carecer de labios o lengua (¿telepatía?). Una boca ominosa es el portalón del macabro castillo-museo, unas fauces hambrientas de carne mortal que aferran su tributo, sea carne muerta o viviente (los materiales y los invitados de Bond, que a la postre se convierten todos en materia prima para las obras de Mortis). También es una boca fatal la ventana por la cual el ayudante de Pierre elige la más piadosa de dos muertes, para cruzar el destino de Jordan con el de Mortis. El foso-trampa que termina con la vida del barón de Monserrat es un viejo conocido de los amantes de los cuentos de misterio y muerte, una boca dantesca que sepulta a su presa, de un modo tanto menos siniestro que el retrato de la Parca, una oquedad provista de brazos y garras no-muertas, como dientes infernales que sumen a la despavorida hija del barón en esta boca infernal. Cuando Jordan cae a través del ventanal, éste pasa a ser una boca sellada por el Signo, lo que obliga a Mortis a dejar su irónica y cruel retórica, para articular bestiales aullidos, como un lobo que, a punto de hundir sus colmillos y garras en la indefensa presa, recibiera un garrotazo férreo en las fauces.
Que descansen en Paz por esta noche, estimados Cófrades…
In Nomine Mortis…
Varias historias de terror tienen estatuas, que aparecen como monstruos o criaturas malignas. Está el radioteatro “El Escultor del Diablo”, donde Satán recolecta artistas para el Infierno que harán obras de arte con almas humanas (suena a “Hellraiser”), matándolos a través de su escultura. El Golem de Gustav Meynrick está tomado de la leyenda judía del Golem de Praga, especia de escultura-robot creado por el rabino Judá Ben Leow (Borges le dedicó al Golem varias obras), cuya furia homicida fue tema de muchas historias. “El Museo de Cera” clásico (no me gustó la versión noventera ni la actual “La Casa de Cera”)con Vincent Price es una magnífica película de terror, imitada hasta el cansancio (no con mucha suerte o éxito). Una variante de las esculturas del terror son las Gárgolas, esculturas vivientes que protagonizaron infinitas historias: juegos, comics, animaciones, películas antiguas, la serie animada y una película actual.
En una historia de terror de Merimée, el protagonista descubre que se ha desposado con la estatua al ponerse un anillo que ésta llevaba.
Varias veces el terror ha tomado la forma de las estatuas, con resultados funestos para los humanos. El gran Cófrade Magno Tiros ha mencionado un relato sumamente curioso (un tanto vampírico, me parece), titulado “La Venus de Ille”, de Prósper Merimée, donde el anillo trae una promesa al protagonista desprevenido con los seres ultraterrenos. Esta historia aparentemente inspiraría otra narración, “La Fuerza de su Mirada”, de Tim Powers. En el Barroco, el literario Don Juan sería fulminado por la escultura del Comendador (a quien había asesinado previamente),en “El Burlador de Sevilla y el Convidado de Piedra”, de Tirso de Molina. En el Romanticismo, otro mortal insolente terminaba aplastado por una estatua vengadora en “El Beso”, de Gustavo Adolfo Bécquer. Uno de los momentos más aterradores de “El Gato Negro” de Edgar Alan Poe es la aparición de la escultura del gato en las ruinas de la casa quemada.
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